jueves, 16 de octubre de 2014

Diario de Viaje por Europa, el corazón del mundo...


 Diario de Viaje por Europa, el corazón del mundo...

Capìtulo 1: Un gringo argentino en el reino de Don Felipe VI.

Me gustaria empezar por la definición de gringo que dan en Argentina, a diferencia de la zona del Caribe americano, ser gringo en Argentina es ser descendiente mayoritariamente de europeos. Yo como muchos compatriotas, habitamos la gran llanura que llamamos la Pampa. Antes habitada por diversas tribus de indigenas, fue conquistada y luego poblada por diversos contingentes europeos, especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX. Los cuales se establecieron principalmente en el este y centro este de esa gran llanura, además de otras zonas como el litoral rodeados de los dos grandes ríos Paraná y Uruguay, haciendo que la misma zona se llame Pampa Gringa.
Partimos del corazón de la Pampa Gringa, una ciudad puerto llamada Rosario, enclavada a orillas del gran Paraná, cuyo tamaño hace que los ríos europeos parezcan como el arroyo de Cañada de Gómez. Pero lo que no tienen en tamaño lo ganan en historia y leyendas.
Fue un largo viaje nocturno de 12 horas, con escala en San Pablo, aterrizamos mis padres y yo en Madrid en medio de un calor de verano casi insoportable aunque seco, el paisaje de colinas y montañas estaba cubiertos de pastizales ocres y amarillos de tan secos que estaban. Este desolado paisaje me recordo al de las sierras cordobesas de Argentina cuando arrecia la sequía, me sentí extraño en ese ambiente, en que el sol estaba al sur en vez del norte y el norte era tan frio como el sur en Argentina.
Cansados como estábamos, luego de los tramites aduaneros, llegar a Madrid en taxi y establecernos en el hotel, nos dispusimos a pasear desde la gran Vía hasta la Puerta del Sol. Había mucha gente, la Gran Via con sus edificios todos con balcones enrejados hacia la gran calle y el bullicio habitual de las grandes urbes.
Bajamos por una calle hacia el lugar que nos proponiamos llegar. Pasamos y vi mucho gentío, unos arbolitos en que unas prostitutas, una en cada árbol sobrellevaban el calor esperando que alguien requiriese de sus servicios a cambio de unos euros, contribuyendo a una impresión inicial de una ciudad algo desangelada aunque imponente y bulliciosa, casi como una Babilonia cristiana con un toque de austeridad. Finalmente llegamos.Vi la fuente en la que se reflejaba el sol poniente en las fluyentes gotas de agua, estaba en el medio de un gran patio que se abria teniendo a la izquierda el famoso oso con el madroño, esta estatua conmemoraba la salvación de la ciudad de una plaga por los frutos del dicho árbol, según escuché por ahí. Y a la derecha el monumento a un rey de España, Carlos III y sus incripciones lo loaban como protector de las artes y oficios en un año en que la Argentina era solo un virreinato. Nos volvimos y paramos en un barcito llamado los 100 montaditos donde saboreamos emparedaditos con jamón y otras delicias.Volvimos a la Gran Vía por otra calle y desembocamos en una pequeña plazoleta, las calles estaban cubiertas de grandes paños triangulares a modo de toldos para aliviar la torridez del verano mediterráneo, agravado por el calentamiento global. Si mi memoria es fiel, luego fuimos a una tienda a comprar viveres y otras cosas muy apreciadas como el insuperable jamón español que ya probamos en el mencionado barcito, cuyo sabor es tal que no queres más ese vulgar manjar más salado que la sal que llaman jamón argentino.
Nos dispusimos a dormir temprano ya que a la mañana siguiente partiriamos en tren hacia Santiago de Compostela, en un largo viaje de 5 horas y media, así las cosas, nos levantamos, comimos el desayuno y nos dirigimos a la estación en taxi, atravesando el lado norte de Madrid y pasando por el estadio del Real Madrid, llamado Santiago Bernabeu, esperamos una hora y media antes de abordar el tren, finalmente abordamos el tren y vi como el paisaje macilento y seco de la meseta castellana daba lugar progresivamente a pastizales menos secos, gradualmente iban apareciendo bosques y luego era una hermosisima comarca con casitas de tejado apizarrado con huertas y bosques que parecia salido de un cuento de hadas... Tambien atravesamos tantos túneles de paso de montañas que perdimos la cuenta. Y a poco de salir de madrid vimos un castillo de color rojo pardo en un pueblo que pasamos.
Luego había bosques, bosques como para satisfacer al más fanático de la naturaleza, el tiempo era variable, se nublaba a cada rato y a veces llovía... pero hacía cierto calorcito.
Nos instalamos en el hotel, muy cómodo y bonito, en las afueras de la ciudad de Santiago de Compostela.
Luego a la noche fuimos a ver el casco histórico, me encantaron las callejuelas y los edificios de piedra con balcones llenos de flores. Fuimos a comer a un fondín en que probé la mejor empanada gallega que he probado hasta ahora.


Callejuelas de Santiago de Compostela al anochecer.
Balcón florido en una callejuela de Santiago.
A la mañana siguiente, fuimos de nuevo a la mañana a ver esas callejuelas. Estacionamos en la plaza roja, subimos un calle que parecia un tobogán gigantesco con un cantero en el medio con Impatiens de Nueva Guinea de un color rojo escarlata intenso entre otras plantas, luego cruzando la calle vimos un patio de piedra con una iglesia a la izquierda, y a la derecha, un jardín muy hermoso con cisnes y todo, rodeado de bancos y parapetos de piedra labrada. Luego caminando fuimos rumbo al Obradoiro, la plaza en que está la catedral de Santiago. Al pasar vimos antes de llegar ahí a la Universidad con su patio antiguo dispuesto como un patio conventual. Adentro estaba una exposición que exhibía sobre San Francisco de Asís, en que se mostraba un bastón usado en su peregrinación a Santiago. Se trataba de un simple bastón con un mango transversal en T. No me causó más impresión de que era muy simple y rudimentario. Hace rato que ya dejé de ser el católico de aquel entonces, fue algo que dejé atrás. Ya no veo la fe como algo dogmático y teológico, ni como un bando a quien adherirse y rendir pleitesía al pontífice de turno, miro a los santos como maestros que nos precedieron sobre como manifestar amor incondicional.


Yo en el cantero inclinado de la calle peatonal,
veánse los Impatiens de Nueva Guinea rojo escarlata.
Mi padre y yo, atrás, el jardín de los cisnes.
Patio de la Universidad de Compostela

Frente de la Universidad.

Al entrar en la catedral, vi a Santiago inscripto en la piedra de la arcada interior como dando la bienvenida a cada peregrino que terminaba la inmensa travesia iniciada cientos de kilómetros atrás. Vi las hermosas columnas románicas que terminaban en arcadas de piedra, de distintos diseños inspiradores para hacer una casa... Luego más adentro había bancos agrupados indicando un lugar para misas. Todo con un aire medieval sacro que ni les cuento.
Plaza del Obradoiro.
Catedral de Santiago.
Columnas de piedra labrada.

Mi padre y yo en el interior de la catedral.

Luego ya tarde, regresamos a las callejuelas, donde habia mendigos profesionales je... fuimos a comer una mariscada de ensueño, con langostinos, mejillones, navajas (cuya concha asemeja el artefacto ídem siendo una especie de percebe creo), vieiras, pulpo, calamares... todo delicioso, no sin razón es el mejor lugar del mundo para comer mariscos.
Ah he visto las más esplendidas plantas de hortensia creciendo en una calle cercana al hotel de colores azul al rosa, una maravilla. Estaban bordeando un parque al sur llamado de Carlomagno que se veia desde la ventana de la habitación del hotel. Luego cenamos y nos dormimos temprano para salir de Santiago temprano a la mañana, rumbo a Oviedo.


Hortensias en la vereda de enfrente,
en un jardín alto con muro.


Parque de Carlomagno.


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